jueves, 18 de abril de 2013

La Tierra de los Dioses: Dimensión de Espíritus.




“El llamado de Ixchel”

Comenzaba el verano en la isla de Cozumel y las golondrinas rellenaban los cielos con sus vaivenes por las mañanas. A lo lejos se escuchaba el cantar de una cigarra en medio de los manglares. Un cocodrilo se asomaba entre el agua de una lagunilla repleta de vegetación y raíces arqueadas que recordaban a acueductos o patas de arañas gigantescas. Yatziri despertaba de un sueño reparador y delicioso en su psicodélica hamaca de colores ochenteros. En realidad amaba esa pieza de tejidos delicados ya que su abuela se la había regalado cuando nació y era el único recuerdo que tenia de ella porque, años atrás, desapareció misteriosamente en una noche de luna llena y nunca se supo que fue de ella.

Estiro sus morenos brazos y sus torneadas piernas a lo largo y lo ancho de la hamaca de colores, como si quisiera abarcar todo el mundo en ellos. Esbozo un profundo bostezo y parpadeo de forma rápida y vigorosa, abanicando sus largas y cautivantes pestañas curvadas. Sus ojos color miel la hacían parecer una juguetona ardilla intentando saltar de su nido. Volvió a bostezar, ahora más hondo y también volvió a pestañar, ahora  de una forma más lenta y seductora que casi lograbas ver como el viento jugaba con sus pestañas. Yatziri dio una vuelta sobre la hamaca, luego dio dos y después de rodar sobre ella como una tortuga boca arriba, se levantó de la hamaca con un salto enérgico, tan vigoroso fue que al caer al suelo cubierto de paja, esta salió volando como finas fibras marrones y doradas, como plumas de faisán. Vivía en una choza o palapa con techo de huano y recubierta de pak’lum, un rojizo barro revuelto con paja o zacate, que retenía la frescura y el calor dentro de la casa. Ambas cosas a la vez.

La madre de Yatziri, Itzamani, la esperaba en la cocina con un delicioso desayuno casero. Yatziri amaba esos desayunos, en especial las tortillas hechas a mano, las cuales describía como: gloriosas. Se vistió con la ropa del día: una blusa, pantalones cortos y unas modestas sandalias amarillas. De una forma extraña, el amarillo le recordaba a las flores de la selva que colgaban en lianas altísimas o en el suelo negro con los petalos abiertos y el centro hueco como una boca, como esperando a que alguien fuera hacia ellas para devorarlo. Camino diez pasos fuera de su palapa y llego a otra más grande donde el humo adornaba el techo formando una nube blancuzca, casi gris, con surcos arremolinados que simulaban acolchonadas bolas de algodón negro. Demasiado mágico, creía ella.

-       Ma’alob kiin Na’.- Dijo ella, saludando a su madre.
-       Ma’alob yun-Al.- le contesto ella-. El desayuno de hoy es “huevos con tomates asados”. Prepare atole igual hija, si quieres sírvete un poco, las jícaras están en aquella caja en la esquina.

Yatziri camino hacia la esquina más cercana a la puerta, donde una caja de madera color rojo estaba pulcramente acomoda. Al abrirla se encontró con varias jícaras perfectamente acomodadas, platos de plástico y otros de madrea, algunos cubiertos en botes transparentes y por sorprendente que le pareciese, un vaso de cristal cortado que asomada parcialmente sus bordes, ya que estaba cubierto de periódico viejo. Tomó una jícara grande y camino dando saltitos hacia el fogón donde se encontraba una hoya de barro grande, cubierta con una gruesa tapa de madera de cedro que despedía su perfume como incienso en la acogedora cocina. Al abrir la hoya, una ráfaga de vapor agridulce la abordo e impregno sus fosas nasales bruscamente, pero a ella no le molesto aquello, al contrario, ese aroma agrio le fascinaba. Vertió otra jícara dentro de la olla y saco un poco el líquido blanco y viscoso, el cual se sirvió en la jícara que tenía en la otra mano, la cual estaba ya casi por rebosar de atole de maíz. Luego camino hacia la mesa que estaba en medio de la palapa, tomo un ca’anché, un banquillo enano que no tenía soporte y se sentó en el para sorber con diminutos traguitos el atole espeso y caliente.

-       Esto esta deliciosa mamá.
-       Es de la milpa de tu abuelo… la cosecha del año pasado fue buena. Mira, tiene granitos morados en el fondo-. Yatziri reviso curiosa su jícara y al no ver nada bebió un poco más rápido el atole hasta dejarlo a mitad de recipiente.
-       ¡Es verdad!

Dijo emocionada. Varios granos de un morado oscuro rodaban en el fondo de la jícara, como pequeñas Amatistas que se dejaban mecer por el líquido viscoso. Bebió más sorbos con sumo placer.

-       Aquí tienes tu comida hija.

Su madre le deposito un plato rebosante de huevos y tomates quemados, humeando de lo caliente que estaban y varias tortillas hechas a mano. <<Ka’an: El Cielo>>, pensó la niña de quince años mientras llevaba a sus carnosos labios un trozo de tortilla caliente con huevos y tomates jugosos.

Mientras el desayuno se servía, de la envolvente vegetación de la selva tropical que se desbordaba afuera, una figura tétrica comenzaba escapar de la niebla,  apareció como un espectro envuelto en humo blanco, era un hombre con un morral en la mano. Llevaba puesto un sombrero tejido de palmera en la cabeza y vestía una playera sin mangas y pantalones de manta percudidos y alpargatas. Aquel era el padre de Yatziri.

-       Hace frió ahí afuera.- dijo el hombre al entrar en la cocina-, ¿o es que acaso aquí está demasiado caliente?
-       A’ach síis, No’och. Los señores de la lluvia nos brindaron una mañana fresca, así que cúbrete, no vaya a ser que te de un mal viento y te enfermes.
-       Estoy bien, la niebla me protege. Lo sabes…

Hubo una leve pausa entre ellos y luego el hombre camino lentamente hacia la mesa donde estaba su hija. La saludo con un cálido beso en la cabeza y sonrió al verla. Yatziri no volteo a ver a su padre, estaba tan entretenida observando los granos de maíz violeta en su jícara que olvido saludarlo.

-       ¡Ma’, ma’! Leeti’ peek’ tsiik bik’ix paakat ts’uul.

Renegó el hombre cuando paso detrás de su hija. Yatziri salió de su transe repentinamente y sus mejillas canela de tornaron rojizas y oscuras a la sombra de la palapa por la vergüenza que sintió al no saludar a su padre.

-       Ssa’asa’al si’ipil, taat.- se disculpó ella-. No lo vi entrar, estaba muy entretenida viendo las joyas de mi atole.- Su padre dibujo una sonrisa cariñosa en su rostro y se sentó a lado de ella.
-       Ak’áat Jaanal, No’och?- pregunto la señora a su marido.
-       Ma’alob Xnuk.- contestó este.


La tarde comenzó a caer en la isla. El sol quemaba el cielo con su fuego incandescente, tornándolo de un cálido y abrazador color naranja intenso, como las mandarinas que salen de los árboles en noviembre. Yatziri disfrutaba de los atardeceres y siempre que le era posible, corría hacia la playa cercana a su casa a sentarse en la blanca arena y poder ver como el sol quemaba los cielos, convirtiéndolos poco a poco en carbón negro y cenizo, repleto de estrellas titilantes. Y esa tarde no fue la excepción, y tirada en la arena húmeda Yatziri se quedó viendo como el naranja poco a poco se convertía en morado, como los granos de su jícara hasta quedar negro como la oxidiana. El sonido de las olas la tranquilizaba, era como escuchar la respiración del mar, pensaba ella. Su mirada se concentraba en el horizonte infinito, mientras la gran bola de fuego le decía adiós. Tanto tiempo estuvo viendo como el sol se despedía de ella que no se percató del momento en que el mar la arrulló con sutileza y cuando menos lo espero, quedó profundamente dormida, protegida por una enorme palmera de coco y recostada sobre la fina arena de la playa.

Su mente se descontó del mundo. De todo lo que la rodeaba. Se vio en medio una oscuridad absoluta, ni un destello de luz había en donde ella estaba. Sumergió su mente en un sueño profundo, inmensamente profundo. A su vista, poco a poco se fueron materializando diminutas chispas azules, eran como pequeñas flamas que iban y venían sin un orden. De repente se vio un pico de piedra a su derecha. Desapareció. Luego otro más a su izquierda. Se esfumo. Varios de ellos sobre su cabeza, que luego explotaron en trozos diminutos que fueron esparcidos en todas direcciones, desapareciendo enseguida. Todo era confuso. Comenzó a caminar y noto algo extraño en su andar: sus pies estaban cubiertos de agua, pero no podía verla. No podía ver absolutamente nada, y en medio de la ignorancia de no saber lo que sucedía, el miedo la abrazo y la hizo su presa. Se quedó parada y con la mirada atenta a ningún lugar, y con una expresión ciega de miedo autentico.

De la nada, una mano le toco el hombro. Ella dejo escapar en automático un fuerte grito de su garganta mientras volteaba para ver que la tocaba. Cuando volteo una inmensa luz explotó frente a ella y todo el lugar se ilumino al instante. Yatziri cayó al suelo mojado, cubriendo sus ojos con una mano y amortiguando la caída con la otra. A pesar que era un sueño, todo era vívidamente real. Demasiado palpable y real.

Frente a ella se hallaba una figura que llevaba puesto un largo vestido blanco. Una dama. Brillaba como nada que ella hubiera visto antes. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, poco a poco vio como a su alrededor se formaban sobresalientes picos de roca: los de arriba filtraban gotas lentamente, como lágrimas cuando brillantes y los de abajo tenían la punta redonda y lisa, como cabezas sin cabello cubiertas de aceite. A su alrededor se formaban inmensas charcas de agua cristalina, con aquella luz podía ver a través del agua hasta llegar al fondo de donde estaba acumulada, el cual aparentaba estar a escasos centímetros de su superficie, pero en realidad era todo un efecto “lupa”. Estaba en una cueva, en un cenote. Yatziri volvió la vista a la dama de blanco, que ahora ya dejaba verse más claramente: era hermosa. Su piel no era canela como la de ella, al contrario, era de un blanco como de perla. Sus cabellos parecían finos hilos de humo: negros y largos, y le llegaban hasta por debajo de las caderas. Sus ojos eran grises como rocas de río y sus labios rojos como el coral del mar. La dama era alta, casi tanto como una palmera y delgada como un Chit.Su cuerpo no tocaba el agua, en realidad no tocaba nada porque flotaba como un ave en el aire.

-       Ma’ yaan sakjil.- dijo la dama sin separar los labios. Su voz resonaba en toda la cueva, los ecos viajaban como ráfagas de aire. Se alejaban cada vez más y se repetían como voces que poco a poco corrían hacia la nada.
-       No tengo miedo.- dijo la pequeña.
-       Téen Ixchel. Xunáam Uj.- dijo la dama. Sus ojos eran pacíficos y calmados, recordaban a las aguas tranquilas de los estanques por las mañanas.- Téech k’iinil antal jáan. Letio’ob taaj ka’ambes leeti’ beel…- le dijo la ella a Yatziri, y luego en un destello de luz azul y blanca desapareció de su vista.

Yatziri despertó de su sueño aturdida, la noche ya había caído sobre ella y en el cielo la Luna la observaba fijamente, como un ojo brillante y blanco. El mar estaba igual de calmado que antes y en el cielo las nubes corrían en cámara lenta y las estrellas brillaban titilantes y curiosas, como luciérnagas, como niñas sonrientes. Se levantó de la arena, su cabello estaba revuelto y tenía raspado el brazo izquierdo, ¿acaso el sueño fue “solo un sueño”, o fue algo más?, esa duda le dio vueltas en la cabeza durante un buen rato. Dentro de su distracción recordó su casa; había salido desde la mitad de la tarde para ver la puesta del sol y su madre debía estar ya muy preocupada por su ausencia. Se arregló el cabello para que no se le viera tan desordenado y comenzó a correr hacía su casa. La selva era oscura, y entre las hojas de los altos árboles se filtraba la luz plateada de la Luna, aun parecía que la observaba con atención.

Yatziri corrió más rápido, sentía que algo la seguía con paso acelerado, y estaba en lo correcto. Detrás de ella cuatro sombras escuálidas y deformes saltaban entre los árboles, pero no iban persiguiéndola… estas cosas negras iban en dirección contraria a ella y parecía que llevaban algo… algo muy familiar a su vista, ¿era acaso eso un sombrero tejido de…? , vio como caía el sombrero desde una gran Ceiba y a las sombras adentrarse entre las raíces de aquel inmenso árbol y después de eso un grito. El lamento invadió toda la selva, algunas aves emprendieron vuelo de sus nidos y los monos y una que otra ardilla saltaron de rama en rama, como escapando de algo. Yatziri sitio un aire helado en la espalda y sintió los vellos de su nuca erizarse como lo hace un puercoespín. El miedo la rodeo y con el temor a flor de piel, acelero el paso hasta su casa, sin mirar a tras e ignorando aquella majestuosa Ceiba.

Dio una vuelta a la izquierda, luego otra a la derecha y por último pasó entre dos enormes hojas de Chit para así poder ver a lo lejos las tres palapas que conformaban su casa. Pero lo que vio la dejó atónita, estupefacta; como a un animal al ser atrapado, acorralado por su depredador, sin salida y con la sentencia marcada en la frente: muerte. Las palapas estaban todas destrozadas, la que correspondía a la cocina estaba en llamas, la de su cuarto tenía el techo completamente destruido y despojado de todo rastro de madera y hoja de Huano. Parecía como si algo muy pesado le hubiera caído encima y su cuerpo al querer salir de la choza, rompió todo lo que le hacía estorbo para liberarse. La de sus padres estaba aún peor: las paredes estaban retiradas, el techo se distribuía entre las ramas de los árboles y el suelo de tierra negra. Podía ver las hamacas de los dos y algo de ropa que pertenecía asu madre aplastaday pisoteada por gigantescas huellas en el suelo enlodado y el morral de su padre a mitad de aquel campo de caos y destrucción. Los animales de la familia estaban distribuidos por doquier, algunos muertos y otros pocos, muy pocos, vivos. Los que estaban muertos estaban mutilados: una ala de gallina colgaba de una ramita empapada en sangre, la cabeza de un puerco la miraba con la lengua afuera, la mitad trasera de uno de los que fueron sus perros estaba trabada entre las ramas gruesas de un árbol de chico-zapote y la otra mitad que tenía la cabeza mordisqueada, pendía al aire libre entre las hojas de un árbol de plátanos, que más qué hojas tenía irregulares ramas llenas de sangre y viseras desparramadas por todo el árbol. La tierra que estaba bajo sus pies tenía un color más marrón en ciertas zonas, Yatziri comprendió que eso era más sangre, y cuando el efecto shock se le pasó, su mente la alerto de lo peor que pudo haber pasado: sus padres podían estar muertos igual.

Corrió hasta las palapas: primero fue a la de la cocina, que humeaba y despedía saltones trozos de carbón ardiendo. Nada ahí. Después fue a la que era el cuarto de sus padres, pero solo encontró vasijas y ropa destrozadas. Tampoco estaban ahí. Por ultimo camino hasta la suya, todavía tenía esperanza, pero al asomarse solo vio un agujero enorme que penetraba la tierra varios metros. Sus padres tampoco estaban ahí; y al no ver ni rastro de ellos sus fuerzas comenzaron a decaer y el sutil beso de la desesperación la toco y el miedo la alojo en su seno con la intención de no dejarla ir, nunca dejarla ir. Se desvaneció a un lado de lo que solía ser la entrada a su palapa. Cayó de rodillas y las lágrimas comenzaron a brotar como rocío caliente y salado de sus ojos, quemándole las mejillas y arrastrándola a la oscuridad.

Sintió tanto dolor; su corazón se volvió un agujero negro que le apretaba el pecho como si mil rocas la contrajeran contra un muro invisible. Acostada en la tierra mojada, se enrollo como lo hacen las cochinillas cuando las atacan, para protegerse del exterior. Recordaba aquella mañana tan vívidamente y su mente le decía que era imposible que algo así estuviera pasando. Era ilógico, ¿Quién atacaría a una familia maya que vive alejado de toda modernidad? Sus padres decían que el hombre blanco trajo a la isla muchos males y uno de ellos era la destrucción con la que trataba todo a su paso. Yatziri amaba la naturaleza, tanto que una ocasión se interpuso entre un hombre que maltrataba con golpes y patadas a un gato desnutrido, golpeando al opresor en la entrepierna y el abdomen, y tomando luego a la criatura para sanarla en casa. Se aferró a ese recuerdo, mientras sus mejillas aun supuraban gotas de ardiente sal. Intento olvidarse de todo y cuando creyó que por fin iba a dejarse llevar por su mente, una voz ronca y extraña le hablo con un tono de extrañes y de preocupación en las palabras.

-       ¿Te encuentras bien, niñita?

Yatziri alzó la mirada para ver quién era el poseedor de aquella voz tan asentada y con los ojos hinchado le volteó a ver: era un chico moreno y alto, de cabello sedoso y negro como la noche. A la luz del fuego precario de la cocina se le veía marcado y musculoso. No tenía puesta una playera ni caminas y del abdomen hacia abajo lo cubría una tela gruesa y marrón formando pantalones. En sus brazos resaltaban dibujos extraños y antiguos, como jeroglíficos o algo así, pero no estaban pintados. Estos dibujos brotaban de su piel misma. Su perfil era fino y varonil al mismo tiempo y sus cejas abundantes como el césped en primavera.

-       Ma’alob.- contesto ella mientras se secaba las lágrimas de los ojos.

De repente una alerta se activó en la cabeza de Yatziri. No sabía quién era este extraño y sus padres habían desaparecido. Se levantó deprisa, tomo un trozo de madera rota cercano a ella y amenazo al joven en ella.
-       ¿Quién eres? ¿Por quéestás aquí? ¿Dónde están mis padres?- las palabras salían en automático de su boca. Sus manos temblaban sobre el trozo de madera, listos para golpear al muchacho ante la másmínima amenaza.

-       ¡Jets’ leen, jets’ leen! No voy a hacerte daño.- el joven moreno dibujo una divertida sonrisa en su rostro. Sus ojos brillaban con el resplandor del fuego.- Vine a ayudarte. Me envió la señora de la Luna, Ixchel. Me llamo Yunuen. Soy un guardián del agua.

Yatziri lo miro con recelo. No lo conocía y por lo tanto no tenía por qué confiar en él, sin embargo fue atenta a sus palabras y a su invitación. Recordó el sueño que tuvo, por alguna razón tenía que creerle a ese chico de brazos fuertes y melena de cuervo. Yunuen le contó lo sucedido: cuatro demonios que sirven a un señor de Xibalbá había venido y tomaron a sus padres por la fuerza… ni él ni ella se explicaban porque, pero al ser él un súbdito de Ixchel, sus órdenes eran ayudar a la chica.

Yunuen extendió una mano hacia las plantas selváticas, la cual tenía grabada en la palma un símbolo extraño que parecía pintarse entre sus venas, ya que se veía la sangre recorrerla con gran fuerza. Al hacer tal acto, tanto árboles como hojas y tierra se abrieron de par en par, y un camino blanco y brillante como la luna misma apareció ante ellos, era un Sak Beel. Yunuen extendió la mano hacia Yatziri, que la miraba asombrada y desconfiada a la vez.

-       Si quieres puedes quedarte, pero aunque lo hagas las cosas no mejoraran, tal vez lo que se llevó a tus padres venga por ti. Tu vida acaba de cambiar Yatziri, tu destino y todo lo que alguna vez creíste real se ha transformado… bienvenida a mi mundo. Bienvenida a la tierra de los dioses.

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Traducción de frases:

*Ma’alob kiin Na’: buenos días mamá.
*Ma’alob yun-Al: buenos días hija mía.
*Yatziri: rocío de amanecer o doncella de la luna.
*Itzamani: esposa del brujo del agua.
*Ka’an: El Cielo.
*Noóch: Esposo.
*Meen síis, íicham: hace frió, esposo.
*¡Ma’, ma’! Leeti’ peek’ tsiik bik’ix paakat ts’uul: ¡No, no! Hasta el perro saluda a su amo.
*Ssa’asa’al si’ipil, taat: perdóname, padre.
*Ak’áat Jaanal, No’och?: ¿quieres comer, esposo?
*Ma’alob Xnuk: si quiero, esposa.
*Ma’ yaan sakjil: no tengas miedo.
*Téen Ixchel. Xunáam Uj: soy Ixchel, señora de la Luna.
*Téech k’iinil antal jáan. Letio’ob taaj ka’ambes leeti’ beel…: tu tiempo se aproxima. Ellos vendrán a mostrarte el camino.
*Ma’alob: Estoy bien  o solo bien.
*¡Jets’ leen, jets’ leen!: ¡tranquila, tranquila! 

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