domingo, 7 de abril de 2013

Lagrimas de Cristal.



Hubo una época en la que mi humana naturaleza
lo era todo, y para mi eso era perfecto.
Ser solo un ser más dentro de un mundo lleno de gente
lleno de nada y de todo a la vez
lleno de mentira y verdad, y de cosas que hasta entonces
creía solo sueño de gente muy loca.
Estaba tan pero tan equivocado... no sabía
lo que vendría sobre mi.

Llegaron una mañana de invierno, bajo el delicado velo de copos
blancos y helados, tan fríos y puros como su piel
como su sangre, y como sus cuerpos
sin alma.

Yo estaba dormido, el día no prometía mejorar y como era costumbre
esos días la oficina escolar y las clases se cancelarían hasta 
pasada la tormenta, así que no repare en levantarme.
Seguí en mi cama, relajada e indefenso como un oso hibernando
como un ciervo en su madriguera, como los conejos
en sus hoyos en la tierra, acurrucado con las gruesas sabanas
de algodón y las almohadas de tela de lino y relleno
de plumas de que mi madre trajo como regalo de la pasada navidad
a casa, desde Suecia. En mi vida, el mundo no era mas que lo que
me rodeaba:
Libros en mi buró, un escritorio de metal y plástico blanco
pinturas de galaxias en el techo y estrellas fluorescentes adornándolas
aún brillando, gracias a la poca luz que dejaba llegar la tormenta; una taza
con cerigrafía de The Beatles, una bolsa escolar y mis zapatos cafés,
un clóset de roble tallado que perteneció a mi abuelo y varias chaquetas negras y cafés
colgadas en la puerta de entrada. Mis lentes cuadrados con armazón negro y mi computadora
portátil blanca, marca Apple.

Pero todo eso cambiaría de manera repentina y para siempre. 
Llegaron por la ventana de techo-tierra de la parte trasera. 
Azotaron sus helados cuerpos contra aquel grueso cristal 
y lo volvieron añicos con el contacto. Solo escuche como un
lejano eco el tintineo de los vidrios al chocar contra el piso.
Y después de eso, los gritos. Agudos como los de una
arpía, como los de una quimera.
Me levante, de un solo salto y mis esfuerzos por intentar razonar un poco
lo que sucedía, no sirvieron de nada, absolutamente, de nada
ya que para cuando intente averiguar lo que pasaba, ellos ya estaban
a la puerta de mi alcoba. 

Primero entro uno, era algo y tan blanco como el papel. 
A juzgar por su cabello, venían del bosque cercano, ya que
tenían hojarasca entre los cabellos y tierra en las ropas
y aún con toda esa suciedad encima, se veían tan perfectamente
bien, eran como modelos de revistas salvajes. Luego entro
uno más, de tez negra y ambos me miraron como si desearan devorarme
pero no lo hicieron, solo rieron.
Yo intente esbozar un grito, algo para pedir ayuda. Estaba en ropa interior,
casi desnudo y recién levantado, y cuando me fije en sus bocas,
en esos labios malditos, mis esperanzas comenzaron a caer en picada
algo me dijo que era el único vivo, aparte de ellos, en esa casa:

- ¿Quienes son? ¿Que buscan aquí? ¿Que habéis hecho con mis padres?-Solo dibujaron 
una cruel y burlona sonrisa en sus pálidas caras.
- Serás perfecto para Ilinna.

Y después de decir eso, una chica que parecía de 16 años, la misma edad que la mía
apareció detrás de ellos. Su cara reflejaba histeria, ansiedad
y una combinación de miedo y furor. Luego de eso, me di cuenta de que
aquellos dos en sus bocas: era sangre. SANGRE.
Débilmente, escuche los gemidos de mis padres en el cuarto vecino
los de mi hermana al fondo del pasillo, y supe que no estaban solos.
Supe que no eran los únicos, y que yo era el ultimo vivo.

- ¿Que son ustedes?
- Lo sabrás dentro de poco, por ahora te dejamos con Ilinna,
se bueno con ella, solo quiere algo de ti.

Luego se fueron, cerraron la puerta con fuerza y la chica alzo la mirada hacia mi:
sus ojos parecían como los de un animal hambriento, y yo
era la presa. Su alimento.
Tomé un bate que estaba a un lado del buró, y casi en automático
aquella chica se lanzó sobre mi frágil cuerpo, 
me tiro de un solo golpe al piso y me miro con ojos de deseo,
pero no de un deseo de amor ni nada de eso, ni siquiera un
deseo de lujuria, era un deseo de hambre, como cuando
ves comida caliente y tu mente solo dice: debes comer.

Me defendí, la golpee con el bate, y este con el impacto se partió.
Era algo irreal, algo que no podía suceder. La chica, Ilinna, dejo escapar un
sonido animal, como un gruñido infernal, un susurro salvaje.
Aferro sus manos a mis brazos, sus piernas a mi cuerpo y clavo sus
filosos dientes en mi cuello una y otra y otra y otra vez.

Era un dolor agudo, como veneno en tu sangre, como
hielo que fuese inyectado en tu cálido cuerpo.
Solo sentía emanar de mi la vida, la muerte, pensé,
sería mi nueva mejor amiga. Pero no, no sería así, ya que aquella chica
no termino lo que inicio, y cuando comencé a retorcerme como
un gusano al ser pinchado, como una babosa cuando le dejas caer sal,
ella se retiro, me miro y supe que no volvería a ser normal.

Esos seres fríos, sin vida y sin alma. Malditas criaturas de la nieve,
de la oscuridad, los hijos de la noche y de la sangre eran lo que
pensé al verlos entrar a mi recámara.

Aquellos seres eran vampiros, y en el momento en que Ilinna me
dejo vivir, me convertí en un de ellos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario